
El silencio como forma: cómo el cine argentino narró desde los márgenes
El silencio como forma: cómo el cine argentino narró desde los márgenes Entre 1976 y 1983, con la dictadura cívico-militar argentina en el poder, la represió...
El silencio como forma: cómo el cine argentino narró desde los márgenes
Entre 1976 y 1983, con la dictadura cívico-militar argentina en el poder, la represión se organizó sobre lo visible. Se prohibieron películas, se intervinieron guiones y se persiguió a artistas. El silencio no fue solo una consecuencia: fue parte del orden. El Ente de Calificación Cinematográfica fue una pieza clave de ese sistema. Revisaba, recortaba y directamente impedía que ciertas imágenes llegaran a la pantalla. No era un control ocasional, sino una práctica constante que fijaba límites muy concretos.
En ese margen estrecho, vigilado pero no del todo cerrado, el cine encontró una forma de persistir. Algunos directores eligieron bordear lo que no podía decirse, trabajar con lo que quedaba fuera de campo y apoyarse en la sugerencia antes que en la exposición directa. Ahí el silencio empieza a funcionar como forma. Tres películas permiten ver cómo se construyó ese lenguaje en los márgenes de la censura.
Rojo, de Benjamín Naishtat, plantea desde sus primeros minutos una idea central: el silencio como complicidad. Un hombre llega a un restaurante de pueblo, enfrenta a Claudio (Darío Grandinetti), un abogado reconocido, y reclama su lugar. Claudio le da la razón, pero luego se queda a un costado, mirándolo fijamente. Cuando el extraño (Diego Cremonesi) lo cuestiona, el abogado responde con un discurso humillante. Nadie interviene. Más tarde, el hombre termina muerto en el desierto, abandonado por el propio Claudio.
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