
Milei y Calígula: anatomía metafórica del poder en clave contemporánea
Milei y Calígula: anatomía metafórica del poder en clave contemporánea Comparar a un presidente democrático con un emperador romano puede parecer, a primera vista, un exceso retórico. Sin em...
Milei y Calígula: anatomía metafórica del poder en clave contemporánea
Comparar a un presidente democrático con un emperador romano puede parecer, a primera vista, un exceso retórico. Sin embargo, la metáfora entre Javier Milei y Calígula no apunta a equiparar contextos históricos ni regímenes políticos, sino a iluminar un estilo de ejercicio del poder: el teatro político, la centralización de la autoridad y la construcción de una relación directa —y emocional— con el pueblo frente a una élite despreciada.
No se trata de decir que Milei sea Calígula, sino de usar esa figura para comprender cómo, incluso dentro de la democracia, pueden emerger formas de liderazgo que tensan las instituciones, personalizan el Estado y convierten la política en un escenario permanente.
El emperador democrático y el "Peluca"
Calígula llegó al poder como una figura disruptiva, que prometía romper con los vicios de la vieja Roma. Milei, en clave contemporánea, se presenta de manera similar: no como un presidente más, sino como un líder excepcional, casi solitario, que encarna por sí mismo la "revolución" que anuncia. En ambos casos llegaron al poder cuando la estructura social de Roma y Argentina estaba cansada y buscaba un cambio. En el caso de Caligula, llegó como quien podía darle a Roma un cambio de rumbo frente a la represión y la brutalidad en la última etapa de Tiberio. En el caso de Milei llegó a una Argentina que arrastraba muchos años de la conducción kirchnerista, donde Alberto Fernández fue el fin de un proceso y Milei representaba el cambio a una conducción que venía con demasiados vicios y donde la corrupción había sido una constante.
Metafóricamente, Milei es un emperador democrático: no gobierna sin Congreso ni elecciones, pero construye su figura como centro absoluto del relato político. Su liderazgo se apoya en la idea de que él —y solo él— puede destruir el sistema previo y salvar al país del colapso. En ese sentido, la política deja de ser una tarea colectiva para transformarse en una gesta personal.
La imagen pública del "Peluca", con gritos, insultos, escenas virales y un lenguaje de confrontación permanente, funciona como espectáculo de poder. Como en la Roma de Calígula, el gobierno no solo administra: actúa, provoca y dramatiza.
El templo de la libertad y el dogma económico
Calígula convirtió los templos públicos en espacios de su propio culto. En la metáfora política, Milei hace algo similar con el discurso económico. La libertad de mercado, la desregulación y el ajuste se transforman en dogmas incuestionables, mientras todo lo que queda fuera de ese marco es descalificado como "colectivismo", "mentira" o "casta".
Así, el "templo de la libertad" no es un espacio plural, sino uno cerrado: quien no comulga con la visión presidencial queda expulsado del debate legítimo. Economistas críticos, universidades, sindicatos o jueces pasan a ocupar el rol de herejes frente a una verdad revelada.
La oposición, como el viejo Senado romano, puede hablar, pero su voz se diluye frente al show permanente del poder y la repetición constante del mensaje oficial.
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